Febrero 2012, Número 4
 
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El cuento de la lechera emprendedora

Uno de los motivos por los que la mayoría de los mortales jamás abandonan la condición de dóciles asalariados es porque se han creído a pies juntillas el cuento de la lechera, con el que Esopo y sus secuaces se empeñaron en convencernos de que soñar y tener aspiraciones no conduce a ninguna parte. Así, desde la más tierna infancia, desistimos de planificar nuestro futuro personal, profesional y financiero.

La fábula nos pinta a la lechera como una despistada que, mientras elaboraba mentalmente su plan de empresa, rompió descuidadamente el cántaro y se quedó sin la materia prima. No incluyo enlaces a tan deprimente historia porque ya la hemos oído demasiadas veces y, si alguien no la conoce, siempre puede encontrarla en Google. Por suerte, en esta época en que está de moda actualizar los clásicos infantiles, algunas mentes bien informadas se han ocupado de elaborar nuevas versiones, bastante más constructivas, en las que la lechera, como cualquier otro emprendedor decidido, aprende que hay que poner más atención y sigue adelante con sus proyectos para alcanzar la independencia financiera.

Si bien es cierto que la lechera pudo cometer algunos errores, esperables dada su inexperiencia, ¿por qué la antipática fábula original termina con ella lamentándose desconsolada ante su cántaro roto?

De acuerdo, aceptemos que en un primer momento tuvo que sentarle fatal ver la leche derramada por el sendero. Démosle cinco minutos para patalear y dejarse llevar por la auto-compasión. Pasado ese tiempo, respira hondo y se dice a sí misma: "Bien, parece que mis planes se van a demorar un día. Desde luego, esto no me vuelve a ocurrir".

Al día siguiente, nuestra heroína había sustituido el cántaro roto por un contenedor cerrado e irrompible que, además, conservaba todas las propiedades nutricionales de la leche. Es cierto que tuvo que realizar un pequeño desembolso para adquirirlo, pero comprobó que su inversión había valido la pena en cuanto se corrió la voz de que su leche era la única que no tenía insectos flotando (inevitables cuando recorres el sendero con un cántaro abierto en la cabeza). Además, su moderno recipiente la diferenciaba con claridad del resto de las lecheras del mercado, que continuaban con sus pintorescos, pero anticuados, cántaros de loza.

Y así fue cómo la imaginativa lechera puso la primera piedra de su emporio, aunque decidió abandonar el sector lácteo porque consideró que había poco margen en comerciar con materias primas. Para cuando sus competidoras se decidieron a sustituir los cántaros por contenedores como el suyo, ella ya había puesto en marcha una fábrica de recipientes completamente indestructibles, con diseños personalizables a gusto del cliente y mecanismo regulador de la temperatura.

Quienes la visitaban en su magnífico despacho con vistas al mar podían ver, amorosamente expuestos en una urna, los restos del cántaro roto, con los que la próspera ex-lechera se recordaba a sí misma que cualquier tropiezo podía transformarse en una oportunidad.





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Cuentos del Juglar Financiero por Cristina Carrillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.
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