Mayo 2012, Número 7
 
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Gestión de las Finanzas Personales



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El éxito de la educación financiera, ¿se mide a lo largo o a lo ancho?

Cuando ponemos en marcha un programa con propósitos formativos, dirigido a un colectivo más o menos amplio de personas, ¿cómo valoramos el éxito o el fracaso? En realidad, la respuesta depende de una adecuada definición inicial de los objetivos, que también determina los contenidos, los soportes y los canales de comunicación más idóneos. Sin embargo, a veces la urgencia por alcanzar logros visibles lleva a subestimar la importancia de los buenos cimientos… y aquí es donde comienzan a hundirse muchos programas de capacitación financiera.

¿Cómo fijar unos objetivos útiles? La clave está en la palabra útiles. En todos los cursos de planificación financiera personal se enseña que los objetivos deben ser "concretos, medibles, realistas y con plazo definido". Lógico, ¿verdad? La formulación genérica "tener algún dinero ahorrado" resulta mucho menos manejable que "ahorrar 5.000 dólares en 2 años".

Paradójicamente, muchos programas de capacitación financiera prescinden de tales atributos en el momento de establecer cuál es su verdadera finalidad: la confusión entre deseos y objetivos está tan institucionalizada que abundan los propósitos de "mejorar el nivel de cultura financiera de la población" o "proporcionar al público las herramientas necesarias para que tomen decisiones informadas". Si estas declaraciones de cara a la galería no se ven internamente respaldadas por una adecuada definición de objetivos operativos, no es de extrañar que la evaluación de los resultados se antoje una tarea inabordable.

¿Qué tipo de objetivos podemos asignar a un programa de educación financiera? De manera genérica, podemos distinguir tres grandes grupos, que en realidad configuran un proceso secuencial:
  • Sensibilización sobre la importancia y utilidad de prestar atención al manejo de las finanzas personales.

  • Transmisión de ideas y conceptos básicos. No hablamos de técnicas avanzadas de análisis bursátil ni de complejos cálculos matemáticos, pero sí de herramientas clave para el desempeño cotidiano: el efecto de los intereses, relación riesgo-rentabilidad, ahorro y consumo responsable, fuentes de información, productos financieros básicos, etc.

  • Modificación de actitudes y hábitos económico-financieros. Es el punto en el que las personas no sólo son conscientes de la importancia de asumir su responsabilidad en este ámbito, sino que son capaces de buscar y utilizar la información a su alcance para adoptar decisiones beneficiosas para sí mismas y su entorno.

En este último objetivo, el nirvana de la educación financiera, es donde se sitúan las aspiraciones declaradas de muchos programas. El problema es que, por mucho apremio que tengamos, no es posible ignorar ni saltarse las dos etapas anteriores. No se puede aspirar a cambiar conductas sin haber logrado antes un razonable grado de sensibilización entre la audiencia a la que nos dirigimos. Además, necesitamos tener en cuenta que las estrategias, canales y sistemas de evaluación son muy diferentes en cada caso.

La esclavitud de las cifras. Si bien el planteamiento anterior nos proporciona cierta orientación, no resuelve del todo el problema de la evaluación de resultados. Incluso cuando están cuidadosamente definidos, los objetivos educativos pueden ser difíciles de valorar: de la educación al aprendizaje efectivo hay una brecha que se agranda cuanto mayor y más heterogéneo sea el público al que se desea formar, y que exige un significativo esfuerzo en la búsqueda de propuestas educativas realistas e innovadoras que propicien la asimilación de los contenidos.

Además de los desafíos para la valoración que derivan de su naturaleza cualitativa, el aprendizaje y la transformación de conductas no se producen de la noche mañana: son objetivos de medio/largo plazo que no pueden abordarse con prisas. Por desgracia, vivimos en la era del resultado inmediato, lo que se traduce en cierta compulsión de los promotores de la educación financiera (públicos o privados) por aportar cifras que justifiquen la existencia y continuidad de los programas. ¿Cuántas veces hemos escuchado la frase "Con esta iniciativa hemos capacitado a x-cientas personas"? La gran pregunta es: ¿De verdad las hemos capacitado? Lo cierto es que la única realidad más o menos constatable es que esas x-cientas personas han tenido acceso a los contenidos difundidos o a las iniciativas programadas, pero rara vez intentamos valorar si efectivamente se ha producido aprendizaje, transformación o efecto alguno en ellas (de hecho, la persistencia social de comportamientos económico-financieros claramente autodestructivos nos sugiere que aún queda mucho camino por recorrer).

Esto no significa que las cifras no sean útiles; por el contrario, adecuadamente vinculadas al logro de las metas intermedias resultan imprescindibles como indicador de aspectos mejorables: grado de difusión del programa, acierto en los canales y formatos, etc. El problema está en convertir las cifras de "personas expuestas" en el fin último de un programa: se trata de un carpe diem institucional que sacrifica la búsqueda de la eficacia por la comodidad e inmediatez de las cifras, aunque estas reflejen logros mucho más superficiales y de escaso impacto. Ya tenemos la respuesta a la pregunta planteada en el título: generalmente se prefiere crecer a lo ancho: cantidad antes que calidad.

Esta concepción de la educación al peso implica una obsesión generalizada por expandir los programas; cuantas más personas se beneficien, mejor (sobre todo, para la imagen del promotor). Sin embargo, desde el punto de vista de la eficacia educativa, ¿no sería mejor trabajar antes sobre la calidad de lo que se va expandir? ¿Por qué tenemos tanto empeño en difundir urbi et orbi algo que no sabemos si funciona, cuando en muchos casos tenemos la fundada sospecha de que, en realidad, no funciona?

El buen uso de los programas piloto. Para crecer en calidad, a lo largo, se inventaron los programas piloto; en teoría, permiten evaluar el funcionamiento de las estrategias en un entorno controlado, realizando los ajustes necesarios para aumentar su eficacia y optimizar el uso de los recursos. La idea es que, una vez que se han realizado las evaluaciones cualitativas necesarias para perfeccionar el diseño del programa, es el momento de ensanchar los horizontes y ampliar el número de beneficiarios.

Sin embargo, en la práctica muchos programas piloto son un mero trámite del que no se extraen consecuencias ni ajustes; los impulsores de las iniciativas entran en bucle repitiendo una y otra vez el modelo que debería haber sido "piloto", con las mismas deficiencias y limitaciones que tenía al principio. Así, el papel de laboratorio que deberían desempeñar estos programas queda desvirtuado tanto por la escasez de recursos para transformar las experiencias en mejoras como por la presión de alcanzar determinados objetivos… ¡de naturaleza cuantitativa, por supuesto!

En este sentido, algunos organismos multilaterales que financian programas experimentales de capacitación exigen a sus socios locales (generalmente, entidades del tercer sector) el cumplimiento de determinados hitos cuantitativos. Por una parte, es incuestionable la necesidad de efectuar un seguimiento que garantice de la forma más objetiva posible la seriedad y profesionalidad de tales socios en la gestión de los fondos recibidos; sin embargo, en la práctica puede acabar convirtiéndose en una restricción que limite los esfuerzos al cumplimiento de los hitos, en lugar de emplearlos en extraer aprendizajes y probar alternativas que pudieran resultar más productivas a largo plazo. Tal vez se obtendría un mayor provecho de los programas piloto si también se aplicaran en ellos los mecanismos de evaluación y diagnóstico cualitativo que permiten interpretar lo que los datos en frío no explican. En materia de evaluación de programas de educación financiera, son de obligada consulta los principios y guías de la OCDE sobre esta cuestión.

En realidad, la mejora de la calidad de los programas no excluye en modo alguno la difusión masiva de los mismos: necesitamos objetivos para crecer a lo largo y también a lo ancho. Simplemente, conviene asegurarse de que lo que estamos extendiendo tiene el potencial necesario para causar un verdadero impacto positivo en las personas a las que se destina. De otro modo, estaremos empleando los recursos disponibles en engordar programas que no son capaces de promover un verdadero crecimiento.


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