Octubre 2012, número 12
 
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Gestión de las Finanzas Personales



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Don Quijote y la estafa nigeriana

Tenía que ocurrir tarde o temprano. Al juglar financiero le hormigueaban los dedos con las ganas de meter a Don Quijote en la máquina del tiempo y explorar con él las finanzas del siglo XXI. ¿Cómo se hubiera enfrentado el caballeroso, inocente y bienintencionado Alonso Quijano a los peligros y fraudes que nos acechan por Internet? Aquí está la respuesta…

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre nadie se acuerda porque la web del Ayuntamiento no está bien posicionada en Google, vivía no ha mucho un caballero de mediana edad, aficionado a la lectura y a los placeres sencillos de la vida. Nada le proporcionaba mayor contento que las largas conversaciones con sus dos buenos amigos, el peluquero del lugar y un gurú de la New Age especialista en limpieza de auras.

Un buen día, gracias a la sobrina veinteañera con la que vivía, descubrió por casualidad las asombrosas posibilidades de Internet. Como era un hombre de inteligencia despierta y natural curioso, pronto estaba manejando seis direcciones de correo electrónico y disponía de perfiles en todas las redes sociales. Eran tantas las horas que pasaba cultivando las relaciones con sus numerosísim@s ciber-amig@s, que el peluquero y el gurú ya sólo podían comunicarse con él haciendo comentarios en su blog, obviamente llamado www.quijotelovesdulcinea.blogspot.com.

Las cosas empezaron a complicarse cuando nuestro entrañable protagonista, que utilizaba a Don Quijote como avatar para su marca personal y se consideraba a sí mismo un defensor de la netiqueta y de las buenas maneras, recibió por email un espeluznante aviso:

Después de unos segundos de estupor, Don Quijote comprobó que sólo le quedaban 13 minutos y 43 segundos para cumplir el plazo. Frenético, empezó a añadir contactos para el reenvío, mientras el relojito del ordenador avanzaba inexorable y el sudor hacía que los dedos le resbalaran entre las teclas. Al cabo de 15 minutos, tuvo la certeza de que no había logrado cumplir con el propósito que el Universo le había asignado: no sólo había privado a 2.548 almas de amor y abundancia, sino que su sobrina y él mismo estaban condenados a la desdicha eterna.

Esa noche, la joven encontró a su tío en cama, temblando y farfullando incoherencias. Muy preocupada, llamó al gurú y al peluquero y entre los tres consiguieron descifrar la historia. Les llevó varias horas convencer a Don Quijote de que no tenía nada que temer, que tales correos circulaban sin parar por la red y que lo más sensato era ignorarlos. "Lo peor que puede ocurrir", le aseguró el gurú, "es que los amigos a los que has enviado semejante estupidez te borren de su lista de contactos por hacerles perder el tiempo".

Algo más tranquilo, nuestro héroe decidió esperar acontecimientos. Como a la mañana siguiente no había ni rastro de los mosquitos tigre y la leche del desayuno le sentó tan bien como de costumbre, decidió que su misión como ciber-caballero andante sería perseguir con denuedo a los malandrines y folloneros que campan a sus anchas por Internet. (NOTA DEL JUGLAR: Dos meses más tarde, su banco de toda la vida sí cerró por exceso de riesgo hipotecario, pero esa es otra historia).

Como ni el gurú, ni el peluquero ni su sobrina se mostraron dispuestos a secundarle en tan noble empeño, Don Quijote localizó por LinkedIn a un paisano de su localidad, llamado Pancho Sanz, no muy espabilado pero de buen corazón. Entre ambos se dedicaron a inundar la red con mensajes de aviso contra las perniciosas cadenas. Su celo llegó a tales extremos que en varias páginas fueron etiquetados como spam y expulsados sin contemplaciones. Uno de los destinatarios de sus reiteradas advertencias se hartó de los mails de Don Quijote y, mostrando gran vileza, le envió un correo con el asunto "Gracias, Don Quijote" que, en realidad, contenía un peligroso virus capaz de formatear el disco duro.

Don Quijote tuvo así que abandonar su aislamiento para que le repararan la computadora, y dejó asombrados a los técnicos al pedirles que le instalaran el famoso "anti-virus de Fierabrás", diseñado para arreglar todo tipo de incidencias informáticas.

De nuevo conectado, pocos días después recibió un conmovedor mensaje:
Tras contemplar unos instantes la foto borrosa de una pequeña de aspecto desvalido, Don Quijote introdujo de inmediato las claves de su home banking y realizó una generosísima transferencia a la cuenta que se indicaba en el mail. Después respondió a Pepita, pidiéndole que no le diera las gracias a él sino a la gentil Dulcinea, dueña de su amor e inspiradora de todas sus buenas acciones.

Para rematar la obra, el galante caballero reenvió el mensaje a todos sus contactos, que habían disminuido bastante después de la fallida iniciativa anti-cadenas. Al minuto, recibió una llamada de su amigo el gurú:

"¿De verdad eres así de idiota? ¡Ese mensaje lleva circulando desde que dejaron de usarse las palomas mensajeras! Ni siquiera se molestan en cambiar la foto… Si Pepita no ha muerto a estas alturas, ya habrá terminado la universidad y será madre de tres hijos".

Pero Don Quijote ya había perdido todo contacto con la realidad, y respondió a su amigo sin inmutarse: "Los ciber-caballeros andantes como yo tenemos la misión de proteger y ayudar a los más débiles, y sabemos la verdad aunque nuestros enemigos traten de disfrazarla mediante encantamientos y engaños. Un caballero siempre acude al rescate de las damas en apuros, tengan la edad que tengan".

El peluquero, el gurú y la sobrina estaban seriamente preocupados por la espiral de credulidad en la que había caído el bondadoso Don Quijote. Como estaba claro que no había forma de razonar con él, decidieron salvarle de sí mismo con una pequeña treta.

Una semana más tarde, Don Quijote recibió otro mail que apelaba directamente a su conciencia de ciber-caballero andante:
Don Quijote, conmovido hasta la médula por la tropelía de que era víctima la pobre mujer, se apresuró a responder:
(NOTA DEL JUGLAR: Don Quijote ignoraba que tras el perfil de Facebook de la rubia y exuberante Dulcinea se ocultaba un robusto camionero de Consuegra con barba, bigote y muchas ganas de broma).

Dicho y hecho. Don Quijote inició una fluida relación epistolar con la afligida madre, y enormes sumas de dinero comenzaron a salir con regularidad de sus cuentas bancarias. Los funcionarios corruptos cada vez demandaban más y más dinero, y el generoso caballero respondía siempre con la mayor presteza… hasta que se quedó sin un céntimo, momento en el que la dama en apuros dejó de responder a sus correos. Casualmente, por esa época encontró un grupo de LinkedIn sobre Gestión de las Finanzas Personales, en el que alguien explicaba las variedades de la estafa nigeriana. Muy abatido, al fin comprendió que había sido víctima de un cruel engaño, y se dispuso a afrontar con entereza las iras de su sobrina y las burlas de sus amigos.

Para su sorpresa, los tres reaccionaron de forma ecuánime y comprensiva. Le ofrecieron su apoyo y su amistad incondicionales, y le aseguraron que podría seguir haciendo mucho bien en Internet, compartiendo sus experiencias y desfaciendo entuertos financieros.

Así fue como el gentil hidalgo se volcó en su blog www.quijotelovesdulcinea.blogspot.com, que con el tiempo se convirtió en una página de referencia para todos los que querían mantener una relación saludable con el dinero. (¿Aún no lo has visitado? ¿A qué esperas?). Tan centrado estaba Don Quijote en su labor divulgativa, que jamás llegó a darse cuenta de que el patrimonio que con gran sensatez administraba para él la joven sobrina era su propio dinero, salvado de sus impulsos caballerescos gracias a la presunta estafa.

Por desgracia, el timo nigeriano y otros fraudes financieros son muy reales, ¡y no todas las víctimas tienen tanta suerte como nuestro Quijote!






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