Especial Noviembre - Diciembre 2013, número 25
 
El banco de los Gremlins

En 1984, los gremlins de Spielberg nos mostraban cómo hasta la cosita más inofensiva puede transformarse en un engendro desalmado, siempre que se den las condiciones adecuadas.


La película arranca cuando el padre llega a casa con un exótico regalo navideño para su hijo adolescente: el mogwai es una especie de peluche viviente, de aspecto tan tierno que podría dejarse sin reparos en la cuna de un recién nacido. Sin embargo, Gizmo requiere unos cuidados muy especiales: el sol y las luces fuertes pueden matarlo, se reproduce masivamente por el simple contacto con el agua y no debe comer JAMÁS después de la medianoche.

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Por desgracia, el joven no se toma demasiado en serio sus nuevas responsabilidades y pronto se encuentra a cargo de un buen montón de mogwais. Cuando además comete el error de alimentarlos después de las doce, los simpáticos peluches se convierten en unos animalejos mortíferos que dejan a la altura del betún las hazañas de Chuky, el muñeco diabólico. Con un buen número de víctimas y desmanes en su haber, finalmente el último gremlin (el más vicioso y malvado de todos) es exterminado por exposición directa a la luz solar.

Nuestro juglar sostiene que este tipo de transformaciones no se ven sólo en la ciencia-ficción, sino que ocurren constantemente en el mundo real. ¿Te has parado a pensar cuántas de las personas-mogwai que te rodean esconden bajo su cordial semblante un gremlin en potencia?

Para argumentar su opinión, el juglar nos relata la historia ficticia de un banco ficticio, en un país ficticio y con personajes completamente ficticios.

Como todo el mundo sabe, los bancos tienen una importante función social y económica: custodian con esmero los depósitos del público y los transforman con excelsa sabiduría en préstamos y otras prudentes inversiones. El director del imaginario banco que hoy nos ocupa era un hombre honesto, genuinamente convencido de la importancia de su labor. Un buen día, llegó a la conclusión de que los cambiantes vientos de la economía requerían la incorporación de un profesional familiarizado con las últimas innovaciones financieras. Ni corto ni perezoso, contrató a un cazatalentos para buscar al más apropiado entre los numerosos jóvenes sobradamente preparados que ofrecía el mercado.

Finalmente, el cazatalentos encontró al candidato perfecto y se lo presentó al director del banco: "Estimado señor, estoy seguro de que Ginés realizará valiosísimas aportaciones al proceso de modernización de su entidad. Tiene un curriculum impecable y, como podrá apreciar, tanto su presencia como su carácter son muy agradables".

"¡Excelente!", se alegró el director del banco. "¡Me lo quedo! ¿Cuándo podría empezar?".

"No tan deprisa", advirtió el cazatalentos. "En condiciones normales es el joven educado y amable que aparenta. Sin embargo, nuestros test psicotécnicos revelan que, bajo determinadas circunstancias, su talante y su comportamiento podrían alterarse de manera radical".

"¡Pero qué me cuenta usted! ¿Es eso posible? ¿Cuáles serían esas circunstancias que debo evitar?".

Instrucciones y cuidados especiales

"En primer lugar, es importantísimo que trabaje con buena luz natural y que su horario no sea demasiado prolongado. Las largas jornadas frente al ordenador y el exceso de luz artificial anularían su conciencia humana, generando en su lugar una insana y peligrosísima obsesión por las cuentas de resultados".

"De ninguna manera permitiré que ocurra tal cosa", aseveró el quimérico director del banco. "Nuestro código de ética exige que pongamos siempre el interés y el bienestar de nuestros clientes por encima de cualquier otra consideración. ¡Me ocuparé personalmente de que este muchacho trabaje junto a una ventana y de que disfrute de los descansos adecuados! ¿Qué más debo hacer para conservarlo en óptimas condiciones?".

"Aunque una saludable vida social resulta imprescindible, debe evitar que mantenga el contacto con sus compañeros de estudios. Aunque individualmente son personas normales, las reuniones de grupo exacerban su espíritu competitivo: empiezan hablando de quién mea más lejos y terminan comparando quién obtiene mayores beneficios, ya me entiende…"

"Sí, sí, comprendo… Semejante entorno puede llevarle a confundir las prioridades y los objetivos de nuestro trabajo".

"Exacto. Pero aún queda lo más relevante: nada de bonus. Nunca, bajo ningún concepto, debe alimentar su ego profesional incentivándole con un bonus. Páguele un sueldo elevado, como corresponde a su formación, experiencia y capacidad, y listo. Ni se le ocurra prometerle más dinero a cambio de mejores resultados".

"Vaya… Confieso que me sorprende esa norma. ¿No es lógico premiarle por los beneficios extraordinarios que genere su trabajo?".

"En primer lugar, existen numerosas investigaciones que demuestran que la perspectiva de un bonus disminuye de hecho la productividad: se pone más atención en la eventual recompensa que en el trabajo. Además, para aumentar los resultados y, por ende, la cuantía del bonus, se asumen riesgos temerarios que acaban causando la quiebra de las entidades".

"¡Qué horror! ¿Y está usted seguro de que tan escalofriantes consecuencias están asociadas a la falta de luz natural, al exceso de testosterona financiera y al perverso efecto de los bonus?".

"No existe la menor duda. En algunos lugares dejados de la mano de Dios aún están sufriendo las consecuencias de haber ignorado estas sencillas recomendaciones. Los jóvenes y amables profesionales mutaron en ejecutivos agresivos, insensibles y pendencieros, que utilizaron a su antojo el sistema financiero hasta llevarlo al colapso".

Consternado por esta información, el director se comprometió a ejercer un férreo control sobre su nuevo empleado. ¡De ninguna manera iba a permitir que se transformara en un gremlin financiero a costa de la solvencia y reputación de un banco modélico como el suyo!

Y así comenzó la andadura del apacible y altamente cualificado joven en el banco imaginario de nuestra historia. Durante algún tiempo, el director siguió con rigor las instrucciones del cazatalentos: le asignó un cómodo escritorio con vistas a la escuela del barrio y ordenó que programaran su ordenador para que se apagara automáticamente a la hora de salida. Una vez por semana comía con él y le interrogaba sutilmente sobre sus actividades fuera de la oficina, para asegurarse de que no se contaminaba con la indeseable compañía de otros jóvenes expertos en altas finanzas.

La fase de crisálida

Al cabo de algunas semanas, la preocupación del director había menguado mucho. El novato Ginés se había integrado a la perfección y mantenía excelentes relaciones con todos sus compañeros. Convencido de que el cazatalentos había exagerado con sus advertencias, comenzó a relajar la vigilancia. "El muchacho es honesto y se ha adaptado plenamente a nuestra cultura empresarial. No lo veo capaz de planificar un desfalco o realizar operaciones indebidas en el límite de la legalidad".

Así, cuando poco después supo que el joven iba a acudir a una reunión de antiguos alumnos, no vio motivos para impedírselo. "Es muy razonable relacionarse con aquellos que comparten nuestras experiencias e intereses", reflexionaba. "¿Qué mal puede haber en ello? Beberán unas copas, presumirán un poco y volverán tranquilamente a sus quehaceres".

Dos días después de haberse encontrado con sus compañeros de formación, Ginés solicitó que se le concediera libertad para gestionar su horario de trabajo. "En el banco todo el mundo se pregunta por qué soy el único al que se obliga a respetar el horario. Unos creen que es falta de confianza en mi capacidad de organización y otros lo ven como un trato preferencial… En cualquiera de los dos casos, perjudica mi imagen profesional. Me gustaría tener los mismos derechos y obligaciones que todos los demás".

El director consideró que el argumento era muy sensato. Incluso se sintió un poco culpable por haber puesto al muchacho en tan inusual situación, por lo que se apresuró a acceder a su petición. Se dijo a sí mismo que la confianza es el activo principal de las organizaciones sanas, y que no tenía ningún sentido recelar de alguien por el simple hecho de haber estudiado finanzas avanzadas.

Poco a poco, la actitud del tímido y respetuoso joven comenzó a cambiar. Se le veía más seguro de sí mismo y mostraba mucha más iniciativa. El director atribuyó el desarrollo de tan positivas cualidades a la creciente madurez profesional de Ginés, y ni siquiera le pareció sospechoso que pasara cada vez más tiempo delante del ordenador. "Estoy haciendo un curso online y aquí me concentro mejor que en casa", había explicado a sus compañeros. Por el mismo motivo, pidió que le pusieran una cortina aislante: ver las entradas, salidas y juegos de los niños en el patio del colegio le restaba concentración. "¡Qué muchacho tan excepcional!", pensaba el director. "Es admirable que muestre tanta motivación para continuar formándose".

Un buen día, el joven solicitó una reunión con el director. "Me gustaría hablarle de un nuevo producto que mejorará de manera significativa la rentabilidad del banco y disminuirá nuestros niveles de riesgo. Se llama bono participativo recanjeable".

"Suena complicado…", reflexionó dubitativo el director imaginario. "¿Es interesante y seguro para los clientes?".

"Querido director, soy consciente de lo importante que es para el banco que nuestras actividades sean éticas y beneficiosas para todos. Puedo asegurarle que este innovador instrumento financiero resultará altamente satisfactorio para la mayor parte del público. Otras entidades están empezando a plantearse su comercialización y me temo que, si no nos unimos al pelotón de cabeza, pronto veremos a nuestros clientes desfilar en masa hacia otros bancos que sí les ofrezcan esta magnífica oportunidad. Déjeme que le muestre los análisis y le explique en qué consiste…"

Dos horas después, el director había visto más fórmulas matemáticas que en toda su vida, y lo único que había sacado en limpio era que el producto, efectivamente, podía llegar a ser muy rentable para el banco. Entre las abstrusas explicaciones del joven no logró apreciar peligros evidentes para los ahorradores y por fin, con un soberano dolor de cabeza, dio su permiso para que las áreas responsables comenzaran a trabajar en el diseño y comercialización del nuevo producto. Después de todo… ¡había contratado al muchacho por su conocimiento de las innovaciones financieras!

... y aparecen los Gremlins

Así fue como nuestro banco ficticio lanzó al mercado el Depósito Golden Midas (nombre comercial del bono participativo recanjeable), en medio de una agresiva acción publicitaria. El éxito del producto superó hasta tal punto las expectativas que pronto se hizo necesario contratar a cuatro especialistas más, casualmente compañeros de estudios de Ginés. Avalado por los buenos resultados, el otrora modesto joven hacía gala de mayor asertividad y aplomo cada día. Muchos de los empleados creyeron notar incluso un punto de soberbia, pero como hubiese resultado suicida oponerse abiertamente a una estrella en alza, optaron por comportarse como adolescentes: buscaban su favor respaldando con entusiasmo todas sus propuestas y palmeándole la espalda a la menor ocasión: "Desde luego, Ginés, estás llevando este banco a otra dimensión: ¡Eres un hacha!". Haciendo de la adulación un estilo de vida, poco a poco dejaron de llamarle por su nombre y empezaron a utilizar a todas horas tan elogioso apodo. Así fue como, a todos los efectos, Ginés se transformó en Hacha.

Como había anticipado Ginés en su momento, otros muchos bancos estaban endosando a sus clientes el mismo producto, con otras denominaciones igualmente llamativas. Sin embargo, la incansable actividad de Hacha y su equipo permitió a nuestro banco imaginario mantenerse en cabeza. ¡El Golden Midas era la inversión de moda! Aunque nadie entendía bien lo que era, la reconocida solvencia del banco y los excelentes rendimientos que proporcionaba el presunto depósito eran argumento suficiente para convencer a la mayoría: "¡Si todo el mundo lo compra, debe de ser un buen producto!", era la sesuda reflexión que se hacían los clientes antes de estampar su firma en el contrato.

Los beneficios se dispararon a tales niveles que nuestro bondadoso director se vio pronto asediado por los medios de comunicación, empeñados en saber más del hombre que había transformado un discreto banco tradicional en el paradigma de la banca futurista. Para su sorpresa, el hombre descubrió que le encantaba la atención de la prensa. Comenzó a dictar conferencias y a conceder entrevistas, en las que aseguraba con modestia que su secreto era "rodearse de las mentes más brillantes y dejar que trabajen con libertad". Después de ser nombrado doctor honoris causa por una prestigiosa universidad, volvió al banco con la moral por las nubes y prometió un bonus excepcional para todo el equipo de Hacha si lograban repetir el éxito con la segunda emisión del bonos participativos recanjeables.

A partir de ese momento, la gremlinización del banco fue imparable. El estilo agresivo y vertiginoso de Hacha se convirtió en el modelo a imitar, y todos aquellos que abogaban por aplicar los controles de riesgo con mayor sosiego y meticulosidad fueron apartados de sus funciones y tachados de incompetentes. "¡El mercado no perdona a los que se distraen!", aseguraban los acólitos de Hacha. "Tenemos que estar atentos para identificar las oportunidades y aprovecharlas de inmediato… ¡Seguir los anticuados protocolos de control sólo sirve para demorar las decisiones y dar ventaja a nuestros competidores!".

Se masca la tragedia

A medida que la adicción a la adrenalina se propagaba por el banco cual Ébola financiero, el director comenzó a sentir una difusa inquietud, que trató de relegar al fondo de su mente mediante justificaciones muy poco originales: "Estamos atravesando una fase de ajuste. El crecimiento siempre implica algunos cambios, que no por chocantes tienen que resultar negativos. Es cierto que yo me sentía más cómodo con nuestra manera tradicional de hacer las cosas, pero no podemos negar que el mundo se mueve ahora a otro ritmo y que tenemos que hacer frente a novedosos desafíos".

El director jamás olvidaría el aciago día en el que tuvo que reconocer que hubiese sido mucho más sabio seguir las advertencias del cazatalentos: en la reunión mensual del Comité de Estrategia se enteró de que el Depósito Golden Midas estaba vendiéndose de manera indiscriminada a todo tipo de clientes. "Pero… ¡esto no puede ser!", bramó furioso. "¡Desde el principio establecimos claramente el perfil de cliente al que destinábamos el producto, y desde luego no eran ancianos de 80 años con extrema aversión al riesgo! ¡No sólo estamos incumpliendo nuestro código de ética, sino unas cuantas normas de conducta de obligatorio cumplimiento!".

"Ji, ji, ji, no hay ningún problema", rió con histerismo el gremlin informático, que parecía haber ingerido algún tipo de sustancia psicotrópica. "¡Ya no tenemos ningún cliente con extrema aversión al riesgo! ¡Todos ellos tienen un perfil de riesgo de medio a agresivo, ji, ji, ji".

"Eso es completamente imposible", respondió el director, anonadado.

"Ji, ji, ji, es perfectamente posible", brincaba feliz el alucinado gremlin informático. "Basta con modificar las bases de datos y cambiar todas las preferencias de riesgo y los historiales de inversión que no nos convienen… ¡Facilísimo!".

Después de unos instantes de silencio sepulcral en la sala, el director habló con lentitud: "Quiero que los responsables de semejante despropósito dimitan de inmediato".

stripeEn ese momento se desató un guirigay como jamás habían conocido las vetustas y señoriales paredes del banco: gritos, acusaciones, vasos de café volcados sobre la alfombra, teléfonos utilizados como arma arrojadiza… El pobre director contemplaba atónito a su antiguo protegido, erigido en portavoz de aquella turba de gremlins descontrolados. "Esto es culpa mía", reconoció por fin. "Debí dar crédito a las recomendaciones del cazatalentos, pero la fama y el dinero rápido me cegaron como a todos los demás. Es hora de arrojar luz sobre este despropósito y ponerle fin".

Dirigiéndose abatido a su despacho, llamó a la prensa y confesó todas las irregularidades y miserias de los "portentosos" bonos participativos recanjeables (recordemos que se trataba de un banquero completamente ficticio).

Y se desató la "caza del gremlin". Expedientes administrativos, juicios penales y civiles, debates y reportajes periodísticos... Constatado el descalabro patrimonial de numerosas familias y pequeñas empresas, surgieron organizaciones de afectados para reclamar compensaciones por lo que había resultado ser un lindo soufflé financiero con mucha porquería en el interior.

Tú eliges el desenlace

(NOTA DEL JUGLAR: Puesto que se trata de una historia completamente ficticia, ofrecemos a nuestros lectores dos posibles finales. Elegid el que os haga más felices y recordad que, en ocasiones, la realidad supera a la ficción).

Desenlace 1. Después de varios meses de ruido mediático, Hacha y los principales responsables del Banco (incluido nuestro querido director, que fue considerado responsable civil por culpa in vigilando) fueron condenados a diversas penas de prisión e inhabilitación profesional, así como al pago de cuantiosas multas. Tras cumplir el 75% de su condena, el director fue puesto en libertad y se dedicó con gran éxito a escribir libros que desvelaban de manera muy amena los entresijos del sistema financiero.

antes muertos que economistas En cuanto a Hacha, encontró al cazatalentos esperándole en la puerta de la cárcel: "Hijo mío, está claro que no puedo delegar en nadie más la tarea de controlar tus criminales impulsos financieros. El director del banco era un hombre honesto, pero resultó demasiado blando para un listillo como tú. ¡Maldigo el día en que tu madre y yo te permitimos estudiar Economía! Mañana mismo te matriculo en Bellas Artes. Me aseguraré de que no vuelvas a ver un número en tu vida…"

Desenlace 2. Después de varios meses de ruido mediático, algunas voces comenzaron a clamar contra la "criminalización" de aquellos excelentes profesionales, cuyo único error había sido sobrevalorar el buen criterio y la responsabilidad personal de los clientes. "¡Nadie les puso una pistola en la cabeza para que contrataran el producto!", aseguraban con prepotencia. "¿Y ahora dicen que les engañaron? ¡Que no hubieran sido tan estúpidos de firmar lo que no entendían! Claro, se creen que pueden hacerse ricos sin arriesgarse y luego pasa lo que pasa…".

Aunque la culpabilidad de Hacha y sus mariachis era indiscutible, algunos de estos argumentos y la agresividad de quienes los sostenían hicieron mella en los jueces más pusilánimes, y las condenas resultaron extremadamente benignas. De hecho, ninguno de los acusados llegó a pasar más de tres meses en prisión.

Los bonos participativos recanjeables desaparecieron de la faz de la tierra. Pocos meses después, cuando la atención del público ya se había trasladado a la fase clasificatoria del Mundial de Fútbol, nuestro banco ficticio (y todos los demás) lanzaron discretamente los valores modulares convertibles, que pronto se convirtieron en un "must" para cualquier inversor que se preciara de estar al día. Los bancos ya no los ofrecían mediante campañas de comunicación de amplio alcance, sino que los recomendaban "personalmente" a sus clientes, haciendo que se sintieran especiales y valorados.

Nadie pareció reparar en el hecho de que el nuevo director de nuestro banco ficticio, don Ginés Terroba Amansalva, era el gremlin Hacha.

Y tú... ¿qué final prefieres?


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Cuentos del Juglar Financiero por Cristina Carrillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.
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